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ACTUALIDAD/ EL ASCENSORISTA

ACTUALIDAD/ EL ASCENSORISTA

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Texto Rafa Roca

El ascensorista conoce a quienes tienen protagonismo en la vida del edificio de dieciocho plantas, enjambre humano en el que zánganos de corbata cortejan a las reinas de sus quimeras con sus ventas y reventas, con sus empujones y zancadillas y donde las sonrisas alquiladas y los sobornos presupuestados pronto son olvidados por estómagos desagradecidos.

Uniformado de sobrio gris marengo, Genaro Torcido controla su territorio y cataloga a los habituales del ascensor, que rondarán el centenar, y a los extras sin papel, que de esos todos los días hay decenas. Qué habrá percibido Genaro en tantas miradas perdidas en el suelo o en las paredes de su ascensor, cuántos susurros y silencios habrá escuchado.

Su turno, el de la mañana, es el más intenso, el de mayor actividad, el del ajetreo y el bullicio. Sólo a partir de las dos del mediodía mengua el trasiego del subir y bajar, del entrar y salir. Y él se toma un respiro, conversa con los de seguridad en el vestíbulo, aunque en el cartelón de uno de los pilares se lee y en letras grandes “Hall”.

Genaro ni se cansa ni se aburre, le agrada su trabajo. Además de ganarse la vida con él, le sabe encontrar su encanto, que lo tiene, les dice a los de la porra. Y eso que nada excepcional ha ocurrido en los años que lleva dándole a los botoncitos y saludando y despidiendo a unos y otros. A bastantes ya ni les pregunta a qué planta van. Cordial y afable, la mayoría de usuarios le corresponde, resultado de estimular la reciprocidad, se felicita. También hay altiveces ridículas con las que no funciona la educación, como la de la gerente de la peletería, cincuentona de agrio rostro, quizás empedernida estreñida y, probablemente, mal atendida en el amor, la peor de las soledades, o el vanidoso y tonto del culo del dermatólogo, que se atusa el cabello ante un pequeño espejo de mano y que debe acostarse con las gafas de sol puestas, ya que no lo puede hacer con sus pacientes. De las más jóvenes, el muy sinvergüenza, pretende que se quiten el sujetador, aunque sea con la chirriante excusa de examinarles un grano en el codo. Lo jodido es que el indecente está ejerciendo, nadie se atreve a denunciarle. Sí, hay de todo en la colmena de hormigón, acero y cristal; incluso, camuflado en presunta sede de no se sabe qué, un clandestino picadero al que sólo acuden dos amantes los jueves no festivos. Mientras el mundo desayuna ellos se comen.

El ascensor es seguro, no permite heroicidades, jamás un incidente ni el más mínimo susto. Genaro se va a quedar con las ganas de que el aparato se detenga entre dos pisos, para así poder hacer alarde de su sangre fría ante el horror y el pánico de los pasajeros. La fiabilidad del ascensor y la eficacia de su mantenimiento no han propiciado que se luciera.

Cercana su jubilación, la dirección del edificio quiere reconocer a Genaro su profesionalidad y su don de gentes. Se le rendirá homenaje, parlamentos varios, brindis con cava, serpentinas y placa conmemorativa. Y, tal vez, él, cuando tome la palabra, se permita divagar y pregunte al personal por qué no se considera al ascensor medio de trasporte. Y, contento, fluirá por encima de sus nubes.

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