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Puente sobre el tiempo -Capitulo 2º- de Mª Amparo Olivares

Puente sobre el tiempo -Capitulo 2º- de Mª Amparo Olivares

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  • CAPÍTULO  IIJoaquín-Sorolla-Jardín

María miró a su nieto e intentó retroceder en el tiempo, pero la verdad es que no sabía por dónde empezar. Comenzó con voz trémula, deteniéndose  en cada palabra, pero a medida que iba hablando fue recuperando la serenidad y sin apenas darse cuenta sus pensamientos cobraron vida.

Como hija y nieta de labradores, mi vida ha estado siempre ligada a la tierra, a la que desde muy pequeña me enseñaron a querer. Nuestras tierras  estaban llenas de naranjos…María se detuvo, miró a su nieto y preguntó:

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-¿Has visto el cuadro sobre la cama?

-Sí, claro; ya sabía yo que no dejarías en París a tu querido Sorolla.

-Fue pintado aquí, en nuestra plantación.

-¿De verdad? Yo creía que tu familia lo había comprado cuando el negocio de la naranja os iba muy bien.

-No, qué va; fue un regalo del artista.

-¿Conocíais a Sorolla? Nunca me lo habías contado.

-Hay tantas cosas que no te he contado…

-Pues empieza, empieza. Cuéntame lo de la pintura…

-Está bien – sonrió María.

A principios del siglo XX, el cultivo de la naranja estaba en su máximo esplendor. La mayoría de los terratenientes vivía en las mismas plantaciones, ya que habían convertido las antiguas alquerías en pequeños palacetes.

Fue en esta misma época cuando se construyó nuestra casa. Por aquellos años, las únicas divisas que entraban en España eran precisamente a través de la exportación de la naranja. Así que cualquier personalidad importante que llegaba a nuestro país, solía viajar hasta nuestras tierras para conocer su cultivo y elaboración. No te voy hablar de todos ellos, porque sería absurdo y no viene al caso, pero para que entiendas lo de la pintura, te contaré cómo llegó Joaquín Sorolla y cómo se vinculó a mi familia.

Sorolla soñaba con inmortalizar la vida y costumbres de las distintas comarcas de Valencia. Por eso vino a Alzira, para conocer de cerca nuestros huertos de naranjos. En esos recorridos por el campo entabló amistad con mi abuelo, que acabó por acompañarlo muchas veces.

Una tarde de otoño, estando sentados en la terraza de casa tomando café, apareció mi abuela por el sendero. Llevaba un cesto de mimbre con las primeras naranjas de la temporada, el pelo recogido con un moño y sujeto por una peineta y un mantón bordado con flores sobre los hombros. Al verla, me contó mi abuelo, Sorolla se levantó de un salto y le dijo:

-Quédate quieta unos minutos.

Fue así como comenzó a trazar los rasgos de mi abuela; ella y al fondo los naranjos con sus frutos; y en uno de los laterales del cuadro, los maceteros de cerámica, que se extendían a lo largo de la entrada, plantados de geranios de diferentes colores.

De sus correrías por los campos, Sorolla pintó una buena colección de obras a las que tituló Entre Naranjos. El primer apunte que hizo de ellos se lo regaló a mi abuela por haberle servido de modelo. Tengo que decirte que ella era muy guapa, aunque lo que más le llamó la atención del pintor es que fuese tan rubia y con los ojos azules, algo poco común en estas tierras.

Pero esos años de esplendor cesaron con el estallido de la Primera Guerra Mundial. Durante todo el tiempo que duró la contienda y en los años posteriores, no hubo demanda de naranja en los mercados extranjeros. A causa de la guerra hubo que arrancar plantaciones enteras de naranjas, que fueron sustituidos por otros productos agrícolas más demandados entonces.

Mi abuelo, sin embargo, se resistió a talar sus árboles; decía que aquello pasaría pronto, y que el naranjo necesitaría, después de la tala, diez año en hacerse adulto y dar su primera cosecha. Pero el problema duró más tiempo de lo que él pensó, así  que tuvo que pedir créditos, que le fueron imposibles de devolver. Para poder hacer frente a todos aquellos pagos, vendieron las joyas y cuántas cosas de valor poseían.

Pero llegó un momento en que las joyas también se agotaron, y solo les quedaban dos cosas por vender: la tierra o el cuadro de Sorolla. Quedarse sin la tierra era algo impensable para mi abuelo, que no conocía otra forma de vida. Así que la única salida que le quedó fue vender la pintura, aprovechando que Sorolla había caído enfermo y sus cuadros se cotizaban a buen precio, pues ya se había consagrado como pintor.

Cuando era pequeña mi abuelo solía contarme que vender el cuadro había sido la decisión más dura de su vida, desprenderse de ella había sido como si le cortaran una parte de su cuerpo.

-Espera abuela, creo que me he perdido -intervino Bernat- ¿dices que tu abuelo vendió el cuadro de Sorolla?

-Sí, lo vendió para poder pagar las deudas con los bancos.

-¿Entonces el cuadro que tenemos…?

-Es una larga historia; tu historia, precisamente.

-Abuela ¡eres una caja de sorpresas!

-No tanto. Quiero contártelo todo para que conozcas tus orígenes y puedas comprender mejor todo lo que nos pasó.

continuara…

 

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