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Puente sobre el tiempo – Capitulo V- de Mª Amparo Olivares

Puente sobre el tiempo – Capitulo V- de Mª Amparo Olivares

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CAPITULO  V

Aquella mañana me  desperté con un amargo sabor a boca. Tu abuelo ya se había ido a trabajar y me entretuve vagando por la casa, sin concentrarme en nada. Sentía una fuerte presión en el pecho que me impedía respirar. Me preparé una infusión de tila y me senté junto a la ventana. Lucía el sol, pero el aire era fresco y húmedo.

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Poco a poco el malestar fue cediendo, pero brotó otro mucho más grave en mi interior. No estaba enamorada de Agustín, no podía quererle; era un extraño, y saberme encadenada a su lado para siempre, me ocasionaba un gran tormento. Necesitaba convencerme de que no era yo la culpable de aquella frialdad que existía entre los dos, así que me dispuse a registrar la casa, buscando algún indicio que me confirmase que tenía una amante.

De pronto, sonó el teléfono; descolgué, y al oír mi voz, la persona que se escondía al otro lado colgó de inmediato. No le  di mayor importancia, pero al cabo de una hora ocurrió lo mismo; y a la siguiente, otra vez. Empecé a sospechar. Así que cuando sonó de nuevo, estaba tan nerviosa, que nada más descolgar grité:

-¿Se puede saber a quién busca?foto antigua amigoss

-Soy yo, María, ¿qué te ocurre?

-No cesan de llamar por teléfono y cuando oyen mi voz cuelgan sin más.

Tardó unos segundos en contestar.

-Será algún bromista. Estas cosas ocurren, no te preocupes. Te llamo para decirte que llegaré tarde a casa, estoy esperando un envío de naranjas.

Cada vez estaba más segura de que Agustín tenía un amante. Las llamadas de teléfono y sus excusas me lo confirmaban. Por eso, esa misma  tarde decidí salir a dar un paseo.

La pequeña casa que ocupaba tu abuelo estaba situada a las afueras de Amsterdam. Era  una construcción de madera y, a pesar de sus reducidas dimensiones, resultaba muy coqueta y acogedora; además estaba rodeada por un diminuto jardín; no era el valle, ni tenía la vista de las montañas, pero el estilo de la vivienda, el verdor, y el agua fluyendo por todas partes, fue algo que me fascinó.

A los pocos metros de allí había un hermoso lago, y junto a él, un molino que ya no estaba en funcionamiento. Me senté en un banco, y durante un rato me entretuve viendo el ir y venir de la gente; luego la añoranza me venció, y me acordé de tu madre y de las ganas que tenía de abrazarla de nuevo.

Cuando decidí regresar a casa, la tarde estaba cayendo; una luz tenue iba envolviendo todos los objetos y las calles comenzaban a verse concurridas de gente que salían de sus trabajos.

Estaba casi llegando a la casa cuando vi que por la otra parte de la calzada iba tu abuelo; levanté la mano para que advirtiese mi presencia, pero no se percató y siguió avanzado. Entonces, viendo que se desviaba de camino, comencé a seguirle. Dobló una esquina, alejándose hacia un pequeño puente que cruzaba el canal; bajó la pendiente y se detuvo junto a alguien. Apresuré el paso, intentando llegar hasta él antes de que pudiese alejarse. Cuando me encontraba a escasos metros vi que hablaba con un hombre con el que parecía discutir. Sus gestos eran bruscos y se les veía enfadados. Aquello hizo que me detuviese. Una espesa arboleda cercana a donde ellos discutían hacía que mi figura quedase algo oculta, pero sus voces llegaban hasta mí con toda claridad; no podía entender lo que decían porque hablaban en holandés; pero pronto me di cuenta de que la discusión iba suavizándose, hasta que comenzaron a reírse como si ya todo estuviese aclarado. Observé, entonces, cómo la mano de aquel hombre acariciaba la mejilla de Agustín y de pronto le vi abrazarse y basarse con una pasión que yo no conocía.

Sentí como si todo se apagase a mi alrededor. Holanda ya no me parecía una ciudad bonita. El misterio de tu abuelo se desvanecía ante mis ojos y de repente todo se aclaraba. No tenía una amante, sino un hombre al que amaba. Durante todo aquel tiempo había esperando enfrentarme a una mujer mucho más joven y hermosa que yo, pero para aquello no estaba preparada. Me sentí sucia, humillada y herida en lo más profundo de mi corazón, porque como mujer no significaba nada en absoluto para tu abuelo.

Abandoné precipitadamente la arboleda y salí corriendo hacia la casa. Las lágrimas resbalaban presurosas por las mejillas y no quería que la gente me viese llorar, sólo deseaba alejarme y refugiarme en un rincón oscuro donde aliviar mi dolor.

Aquella noche, después de cenar, decidí enfrentarme a tu abuelo. Estaba muy nerviosa, las manos me sudaban y tenía la garganta seca. No sabía por dónde empezar, pero lo que estaba muy claro es que no podía guardar silencio.

-¿Por qué te casaste conmigo? – pregunté decidida.

Me miró con extrañeza.

-¿A qué viene eso ahora?

-¿No tienes nada que decirme?

-¿Decirte qué? – preguntó indiferente.

Guardé silencio: mis preguntas parecían irritarle.

-Lo he visto todo.

Repentinamente su cara cambió de expresión y sus mejillas se cubrieron con un ligero tinte rosado.

-¡Visto! ¿Y qué es lo que has visto?

-He visto cómo te despedías de tu amigo.

Advertí su nerviosismo; por unos segundos guardó silencio. Después habló, intentando aparentar tranquilidad:

-Pues no sé qué habrás podido ver para ponerte de esa manera. El hombre a que te refieres es un buen amigo; es más, él me ayudó a preparar el mercado desde el mismo momento de mi llegada.

-No creo que los amigos se abracen y se besen de la forma en que vosotros lo habéis hecho.

-¡Estás loca!

-¿Cómo puedes decirme que estoy loca y negar un hecho tan evidente? –grité presa de una gran rabia.

-Deja ya de gritar y de comportarte como una histérica. Estamos en otro país y las costumbres son diferentes.

Su cinismo me desbordaba por completo, pero logré sobreponerme y contesté:

-Nunca hasta ahora he viajado fuera de Alzira, pero no por eso soy una ignorante; él es quien ha llamado por teléfono, y al oír una voz de mujer ha colgado; por eso me advertiste de que ibas a llegar tarde, porque tenías que verle y explicarle las cosas. ¿También le has mentido ocultándole que te habías casado?

-Estas inventando cosas que sólo están en tu cabeza.foto de amigos

-De verdad…¡eres un hipócrita!

-Será mejor que dejemos esta conversación – dijo poniéndose en pie-. Estás viendo fantasmas donde no los hay.

Y con su habitual aplomo para dejar en el aire temas que no pretendía discutir, me dejó sola en el salón.

Regresamos a España con la certeza de que nada volvería a ser como antes. Yo no podría contarle a nadie lo que había visto en Amsterdam, porque nadie me creería. Vivíamos en una época en la que las mujeres teníamos muy pocos derechos y estábamos condenadas a guardar silencio y mantener las apariencias.

A pesar de todo, tuve valor para decirle que no podía soportar compartir cama con él, aunque no creo que aquello le importase demasiado.

Cuando llegó el otoño, hubo que inventar una excusa para no marchar con él a Holanda; así que explicamos a todos que habíamos decidido educar a Lisa en España, pues no sabíamos cuánto duraría la aventura en el extranjero, y era lo mejor para ella.

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